top of page
  • White Facebook Icon
  • White Twitter Icon
  • White YouTube Icon

THE CHRISTIAN SOLDIER -- WINTER 2025

LA LEY DE LA SEMILLA

Gran parte de lo que Jesús enseñó, lo enseñó de manera indirecta por medio de parábolas. Aquellos que tenían hambre de verdad la hallaban, pero aquellos que solo buscaban ver algo nuevo no entendían. Después de que Jesús contó la parábola del sembrador, los discípulos le preguntaron específicamente por qué enseñaba de esa manera. Jesús respondió: "Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado."  (Mateo 13:11). 

 

Puede parecer extraño que un Dios de verdad y claridad trate con sabiduría escondida. Pero Dios desea que las personas le busquen, y esa es la prueba. Es algo hermoso buscar desesperadamente la verdad y luego encontrarla. Y el Señor conoce ese gozo y quiere que lo experimentemos.

Proverbios 25:2  "Gloria de Dios es encubrir un asunto; Pero honra del rey es escudriñarlo."

El ministerio terrenal de Jesús estuvo enfocado principalmente en personas que no tenían la educación que tenemos hoy. Los discípulos eran gente común que quizá no habría entendido una conversación filosófica profunda acerca de la necesidad inherente del hombre de redención espiritual o de la encarnación. Pero sí entendían la pesca. Así que, en lugar de eso, Él les habló de ser “pescadores de hombres”. Estas personas sencillas no tenían suficiente experiencia ni discernimiento espiritual para reconocer el engaño y la manipulación de sus líderes. Pero sí sabían hacer pan; por eso Jesús les advirtió acerca de “la levadura de los fariseos y de los saduceos”. Más importante aún, los discípulos no sabían mucho acerca del ministerio. Y eso era un problema, porque estaban a punto de liderar el movimiento religioso más importante en la historia del mundo. Pero sí sabían mucho acerca de la agricultura. Así que Jesús les habló de sembrar semillas.

El ciclo continuo de la siembra y la cosecha es una analogía perfecta para un ministerio efectivo en el reino de Dios. Desde que Adán y Eva fueron expulsados del huerto, los días y las estaciones han continuado uno tras otro. Hay buenas cosechas y malas cosechas, pero a través de los siglos, la ley de la semilla permanece intacta. Sí, las circunstancias humanas han cambiado enormemente. Sin embargo, la naturaleza humana y la manera en que funciona el ministerio nunca han cambiado.

La Escritura enfatiza estas verdades básicas acerca de la siembra —tanto física como espiritual— y siguen siendo válidas hoy para nuestro beneficio: [1] Algunas semillas siempre echarán raíz, y algunas siempre se perderán. No podemos conocer el resultado, así que debemos seguir sembrando. [2] Lo que sembramos es exactamente lo que cosecharemos. [3] Algo tiene que morir antes de que algo pueda vivir. [4] La cosecha producirá exponencialmente más que la semilla sembrada. [5] El milagro de la semilla le pertenece solo a Dios; no podemos atribuirnos el crédito ni la culpa por los resultados. [6] Las plantas destructivas e inútiles crecen solas, mientras que las plantas valiosas requieren gran cuidado y cultivo.

LA PRIMERA LEY DE LA SEMILLA es que no toda semilla que siembres brotará. No toda semilla que brote sobrevivirá. No toda planta que sobreviva será fructífera. No toda planta fructífera dará buen fruto. ¿Cómo sabes cuáles sobrevivirán? No lo sabes. Entonces, ¿qué haces? Sigues sembrando. No todas brotarán, pero algunas sí. Algunas siempre lo harán.

¿Sabías que tenemos la tendencia de predicar el evangelio a las personas que creemos que responderán? Pero la verdad es que tú y yo no tenemos idea de quién responderá. Aquellos que parecen candidatos perfectos a menudo se burlan; y aquellos que parecen estar a un millón de kilómetros del Señor, a veces se quebrantan en el altar en arrepentimiento y nunca vuelven atrás. Entonces, ¿cómo sabes quién responderá y quién rechazará el evangelio? ¡No lo sabes! ¿A quién alcanzamos entonces? A todos. No todos responderán; pero si seguimos alcanzando, alguien responderá. Alguien siempre lo hará.

Eclesiastés 11:4–6 "El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará. [5]Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas. [6]Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno."

No sabes quién responderá. Sigue sembrando. Haz lo que fuiste llamado a hacer, con calidad e integridad. Deja que Dios se encargue de los resultados.  Sí, hay algo que decir acerca de ser productivos y efectivos. Sin embargo, debemos recordar que nuestro trabajo no será juzgado por el resultado, sino por el esfuerzo. Haz el anuncio, y deja que Dios haga la salvación.

LA SEGUNDA LEY DE LA SEMILLA es que algo tiene que morir antes de que algo pueda vivir.

Juan 12:24–25 "De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. [25] El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará."

Por supuesto, en esta Escritura Jesús se refiere a sí mismo de manera literal. Él moriría y sería sepultado, y como resultado de esa muerte, una multitud formaría parte de la cosecha. Pero luego aplica este principio también a Sus discípulos. Habla de perder la vida por causa del evangelio. Esto incluye la muerte física, pero también el sacrificio: sacrificio de tiempo, de dinero, de comodidad. Cada pastor que deja una iglesia grande para plantar una obra; cada misionero que sacrifica un hogar cómodo y la seguridad para llevar el evangelio a un nuevo lugar; cada persona que paga sus diezmos en lugar de salir a comer; cada uno que pone sus propias necesidades en segundo plano para ayudar a otro… todos ellos están perdiendo su vida. Y como resultado, una multitud será añadida a la cosecha, y los que no respondan no tendrán excusa. Eso es exactamente lo que el Señor desea. Él quiere incluirnos en la obra. Quiere que participemos en el sacrificio. Algo tiene que morir antes de que algo pueda vivir.

LA TERCERA LEY DE LA SEMILLA es que una semilla se multiplica exponencialmente; mientras más siembres, mayor será la cosecha.
 

¿Cuánto maíz se necesita para sembrar un campo tan grande como los Estados Unidos? ¡Un solo grano! Dicen que si tomas un grano de maíz y lo siembras, luego tomas esa cosecha y la vuelves a sembrar, y continúas así ocho veces, ¡la cosecha final sería suficiente para sembrar cada centímetro del territorio continental de los Estados Unidos!

II Corintios 9:6 "Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará."

 

Este pasaje a menudo se usa para hablar del dinero. Pero Jesús no comparó la parábola del sembrador con el dinero, sino con las almas. Y cuando aplicamos este principio a la obra de Dios, vemos que un poco rinde mucho.


Yo, con mis propias manos, jamás podría llenar el cielo; pero si alcanzo a diez personas, y cada una alcanza a diez más, y así sucesivamente, no pasará mucho tiempo antes de que el reino de Dios crezca.

LA CUARTA LEY DE LA SEMILLA es que cosechas exactamente lo que siembras. Conocerás el árbol por su fruto.

En esta analogía, el corazón es como la tierra. Algunos siembran buena semilla, y otros siembran mala semilla. Algunos siembran buena semilla: estudian la Palabra de Dios, se relacionan con personas que quieren servir al Señor, desarrollan una relación con Él. Otros siembran mala semilla: ponen cosas impías delante de sus ojos y oídos, y pasan tiempo con influencias equivocadas.
Con el tiempo, la vida de una persona es dominada por lo que ha sembrado. Algunas personas pasan su vida haciendo buenas obras y sirviendo a los demás, sin recibir reconocimiento alguno. A menudo parece que no están marcando la diferencia o que el bien que hacen es olvidado. En misma manera, algunas personas pasan la vida haciendo malas obras y dañan a los demás; Parece como si no hubiera consecuencias. Pero nada se olvida. Sea bueno o malo, se cosecha exactamente lo que se siembra.

Gálatas 6:7–9 "No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. [8]Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. [9]No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos."

Mateo 7:16–20 "Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? [17]Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. [18]No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. [19]Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. [20]Así que, por sus frutos los conoceréis."

LA QUINTA LEY DE LA SEMILLA es que el milagro de la vida le pertenece solo a Dios. Ya sea que estemos hablando de la agricultura o de ganar almas, Dios es quien da el crecimiento, y Dios es quien merece la gloria.

Los agricultores trabajan muy duro y, a menudo, no reciben ni de cerca el reconocimiento que merecen por la función esencial que cumplen en nuestra sociedad.


La agricultura es un trabajo muy físico, y es una gran apuesta. Se invierte mucho trabajo y dinero en sembrar un cultivo, pero la cosecha suele depender en gran medida de las condiciones y circunstancias que están fuera del control del agricultor. Pero cuando tiene éxito, sería ridículo que se atribuyera el mérito por el milagro que ocurrió en esa tierra. Él no hizo que ese arroz creciera. Todo lo que hizo fue poner la semilla en el suelo y permitir que el milagro de la vida ocurriera. Todo lo que hizo fue aprovechar la ley que ya estaba en la semilla. Sabía que si lo hacía bien, el milagro ocurriría. El crédito por esa cosecha le pertenece únicamente a Dios.

 

De la misma manera, sería ridículo que tú y yo nos sentáramos aquí a felicitarnos mutuamente por el éxito de nuestros ministerios. Por supuesto, hay ministros que son más sabios o que trabajan más duro que otros, y eso merece honra. Pero lo que necesitamos entender es que hay una ley en operación aquí. Si vivimos el evangelio y predicamos el evangelio, alguien responderá, y la iglesia crecerá. Y cuando eso suceda, debemos dar todo el crédito a Dios. El avivamiento es algo que Dios hace; lo único que hicimos fue aprovechar la ley de la semilla.

A veces, tú y yo nos enfocamos demasiado en el resultado de nuestros esfuerzos. No juzgues un ministerio por los números. Dos ministros —igualmente dedicados y igualmente capacitados— pueden ir a dos ciudades diferentes, y uno puede tener avivamiento mientras que el otro pasa necesidad. Te digo que no debemos pesar sus ministerios por eso.

I Corintios 3:5–8 "¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. [6]Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. [7]Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. [8]Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor."

LA SEXTA LEY DE LA COSECHA es que las plantas destructivas crecen solas; las plantas buenas requieren cuidado.

Los manzanos no crecen por accidente. Requieren condiciones casi perfectas y mucho tiempo. En cambio, la cizaña y los cardos aparecen sin que nadie los plante. Esa es la ley de la semilla; es parte de la maldición que Adán tuvo que soportar.

Así que hoy te animo a obtener sabiduría de la ley de la semilla. Comienza cultivando cosas buenas en tu vida. Siembra en tu entendimiento estudiando la Palabra; siembra en el espíritu por medio de la oración y el ayuno; siembra en tus finanzas dando; siembra en tus relaciones con misericordia y bondad; siembra en tu iglesia animando a tus hermanos; y siembra en el reino de Dios predicando el evangelio a toda criatura.

Muchas semillas nunca brotarán. Siembra de todos modos.
Y como dice la Escritura: 
“No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”
 

bottom of page